Pedro y Papo

 

         

En un barrio muy pequeño, de una ciudad grande, de un mundo inmenso y muy ocupado vivía Pedro en #40 Calle Murray, Apartamento 4- C.

Acababa de empezar la estación de pelota para el equipo del Parque Tichenor cuando Pedro escuchó por primera vez que sus padres se mudarían de su vecindario a una isla muy, muy lejos de la Calle Murray y del Parque Tichenor.

Allí tendrían su propia casita, un jardín del flores y frutas tropicales, y sobre todo, vivirían cerca de abuelita.

“Una isla,:” repetió Pedro, sin creerlo, “una isla..”

Pedro pensó que sus oidos no le servían. Pero al ver a su mamá envolviendo las cosas de su hogar en papel con mucho cuidado y empaquetandolas en cajas destinadas a esa isla, se dío cuenta de la verdad.

Cada día Pedro se ponía mas triste conforme se vaciaba la casa de los muebles, el televisor. . .casi todo desaparecía. Pedro comenzaba a pensar en lo que el debería de traer. Tenía una maleta bastante grande, pero también una lista larga de necesidades para la mudanza.

La mañana del viaje, Pedro decidió dar la vuelta a su cuadra. Empujó sus puños al fondo de los bolsillos de sus pantalones y sus ojos seguian las grietas de la acera cuando caminaba.

El sol se apenó mucho por él y le empezó a golpear con sus rayos del mediodía, para que Pedro mirara hacia arriba.

Pedro miró alrededor de todo el barrio que a él le fascinó y que lo quiso—todo que él esperaba traer a la isla.

Pedro vió el camión de helado con sus timbre que jamás cesa de tocar y se dijo a sí mismo—Qué voy a hacer si no tienen “sno-cones.” allá en esa isla?” y “Qué pasará si no saben jugar béisbol tampoco?” Estas cosas son muy importantes pensó él seriamente.

Pedro paró en la esquina y estuvo mirando el tránsito un ratito. La guagua #18 pasó. Solamente .50 y todos sus amigos la podían montar por si mismos yendo al parque ó a la biblioteca, ó a comer. El se puso a pensar que quizás este verano su mamá le permitiria ir por sí mismo también. Pero se habrían mudado por aquel tiempo.

Volviendo a su hogar, Pedro visitó la casa de Doña Felícita. Siempre le contaba todas las historias que sabía de los héroes y las heroínas de las isla—la isla que ella creyó estar bajo un encanto. Pero Doña Felícita no podría venir tampoco.

Es simple imaginar que Pedro volvió a su hogar todavía mas triste. Ninguna de las cosas que vió entrarían en su maleta. Parecía que su lista habría crecido más larga y su maleta más pequeña. Pedro ahora supo que tendría que decir adios a sus muchas amiguitos y lugares favoritos.

*** 

Ahora Pedro vive en La Urbanizacón Mariposa en una sección pequeña de un pueblito de una isla encantadora en el mismo mundo inmenso pero un poco menos ocupado.

Un día bajo la tibia luz del sol Pedro se fué al centro del pueblo para investigar la isla de los cuentos de Doña Felícita. Habían muchos arboles altos con flecos verdes y hojas de un tamaño extraño. Habían animalitos como sapos que contaban su nombre cuando Pedro pasaba—“co-qui, co-qui.”

Déspues de un rato, Pedo vino a la placita. Se sentó en un banco dando comida a los pichónes y mirando a los muchachos jugar algo semejante a Simon Dice.

Se pudo oir un timbre en la distancia que no fue él de la iglesia, porqué el sonido aumentó. Por fin Pedro pudo identificar de donde provenía el sonido. Era el timbre encima de una carreta destartalada, epujado por un viejo con una pava de color amarillo tan viejo como él.

Todos los niños dejaron sus juegos y acercaron al viejo y su carreta.
Los niños, poco a poco, regresaron a jugar; cargando meriendas que parecian especialmente sabrosas en un día caloroso como aquel.

El viejo venía a la plaza todos los días y conocía a todos los niños del pueblo. Ellos lo conocían también; era Papo el Piraguero. Te diría al preguntarle; y te diría sin hacerle la pregunta a cuáles de los niños les gustaban limbers de coco, de anís, o de tamarindo. Diría además quien siempre tenía que pedir dinero prestado a sus compañeros para comprar las meriendas.

Papo el Piraguero empujo su carreta frente a Pedro. “No te gustaría una piragua, nene.?” preguntó Papo. “No se,” respondió Pedro. “De qué es esa?”

“Es una merienda muy típica de nuestra bella isla que todos los niños disfrutan. Te daré una para darte la bienvenida y quizás mañana, si Dios quiere, probarás otro de mis sabores. Me llamo Papo el Piraguero—a tus ordenes.”

Papo preparó la piragua mientras Pedo la estudiaba. Seguramente, tenía la apariencia de un “sno-cone”. Sintió frio como al comer “sno-cone” y pareció que tenía el sabor de un “sno-cone”. Pero Papo la llamó por otro nombre—pir-a-gua. “Sno-cone” parece mas fácil decir.” pensó Pedro a si mismo.

“Gracias, Papo,: dijo Pedro, “Gracias.” Y el viejo empujó su carreta a otra esquina de la plaza.

Pedro empezó el camino a su casita cuando la campana de la iglesia cantó las cuatro. Papo el Piraguero estaba fuera de vista ahora. Pedro recordó el camión de helado que venía entre los “innings” de su juego.

De repente, Pedro sintió estos días muy cercas. El no los dejó en su barrio viejo, los trajó con él. Podía recordar algunos de los mejores juegos y algunos de los días más lluviosos cuando debían de estar jugando afuera y tenian que quedarse dentro del apartamento.

Todo lo que él quiso de su barrio había venido con él. El no tuvo que ponerlos en su maleta. Mientras que él los recordara siempre quedarían con él. El sol había venido y claro que pareció mas cerca—y lo mejor de todo era Papo el Piraguero—el “Sno-cone Man.”

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